|
Los
recientes y crecientes desequilibrios que exhibe el desarrollo de
China exigen remedios urgentes, según afirman los redactores
de Beijing Informa Zhang Ruowu y Ning Yanshu:
El desequilibrio entre las pujantes ciudades y las comunidades
rurales aún sumidas en la pobreza; el desequilibrio entre
las regiones costeras industriales y las zonas fronterizas interiores
de occidente que siguen dependiendo de la agricultura de bajo rendimiento;
El desequilibrio entre su fuerza económica colosal y
su desarrollo social, evidentes en especial en la falta de una protección
adecuada para los ciudadanos contra los brotes epidémicos,
los peligros en los centros de trabajo, los productos alimenticios
con niveles de calidad inferiores, los cobros ilegales para muchos
servicios que deben ser gratuitos...
El desequilibrio entre personas con una enorme capacidad innovadora
y una burocracia que todavía les crea toneladas de obstáculos
al brindar su diario servicio al público.
China no puede continuar demorando la solución a estos
desequilibrios. Si lo hace, será imposible que el país
alcance sus metas a largo plazo para aplicar la reforma económica,
y dejará de ser un destino atractivo para los inversionistas
internacionales.
No basta ya que a los ciudadanos se les presenten informes
sobre los más admirables índices del Producto Interno
Bruto (PIB) del mundo. Es hora de que Beijing entre con la manga
al codo a la parte más peliaguda de la reforma.
En algunos de los restaurantes más lujosos de Beijing, unos
comensales deben desembolsar la friolera de 15.000 yuanes (unos
$1.850) para gozar de los platos preparados según el menú
original de la emperatriz de la dinastía Ming.
En el distrito de Xin Tiandi (nuevo cielo y tierra) de Shanghai,
los clubes y música están a la altura de las más
exigentes normas vigentes en cualquier ciudad cosmopolita. Pero
a apenas algunos kilómetros de distancia, estudiantes universitarios
recién graduados sólo ganan 1.500 yuanes ($190) en
las representaciones con las que cuentan en China incluso las más
conocidas corporaciones multinacionales.
Un poco más allá, en los barrios obreros que se instalaron
en la urbe hace unos 30 años, los trabajadores parados sobreviven
de la asistencia social con unos 500 yuanes ($60); algunos dependen
de los platos cocinados con las verduras sucias que los vendedores
desechan en sus establecimientos.
Cada vez son más las familias urbanas y rurales que se las
ven negras para resolver sus necesidades diarias, conseguir un simple
tratamiento en una clínica, o enviar los niños a la
escuela.
Si esto es lo que cabe esperarse de la reforma china, será
difícil justificar los cambios que la misma ha traído
a la República Popular, cuyo sistema se edificó sobre
una de las más trascendentes revoluciones del mundo y, sin
dudas, la que fue bienvenida y apoyada por el mayor número
de desposeídos.
La nueva hornada de líderes políticos chinos, que
recién comenzaron su labor en marzo pasado, han comprendido
que la espera y la paciencia son un lujo que ellos no se pueden
dar. Hay que enfrentar ya los desequilibrios derivados de la reforma.
El poderoso aparato de toma de decisiones del Comité Central
del Partido Comunista de China (PCCh) emitirá directivas
sobre políticas relativas a estos problemas cuando se reúna
en Beijing el mes próximo.
Lo cierto es que no hay argumento moral que justifique el desconocimiento
de dichos males, aún cuando el país siga generando
una tasa de crecimiento del PIB más alta que cualquier otro.
El PIB es una medida del poderío económico de una
nación. Pero no puede ser su razón de existir. China
se está esforzando por conseguir un desarrollo más
equilibrado.
Nuevas prioridades y compromisos:
El Primer Ministro Wen Jiabao dijo a la prensa que piensa proponer,
a nombre del CC del PCCh, un programa de revitalización empresarial
para el cinturón de viejas ciudades industriales del noreste,
donde se ubican las peores cifras de desempleo del país.
Zhang
Zhuoyuan, investigador principal del Instituto de Economía
de la Academia de Ciencias Sociales de China, dispone ya de un resumen
sobre los planteamientos del venidero encuentro partidista. Al respecto
dice: El futuro reformista de China deberá crear un equilibrio
entre derechos humanos y desarrollo económico. Zhang integra
el equipo encargado de elaborar la plataforma de políticas
del PCCh en ese sentido. Se ha desempeñado como uno de los
principales asesores del gobierno chino desde los primeros días
de la reforma económica.
La Comisión Nacional para el Desarrollo y la Reforma, después
de consultar a más de 100 expertos, ha sometido un informe
al Gobierno Central que cubre 13 “problemas sociales importantes”,
que se extienden desde las relaciones entre China y EE.UU. y el
tema de Taiwan, a las diferencias de ingresos a escala nacional
y la calidad del medio ambiente.
Los temas que se sometan a la reunión del Comité
Central proporcionarán la base --un enfoque más equilibrado
y una mayor atención a los valores humanos-- para el programa
de desarrollo nacional de China en el período de 2006 a 2010,
según lo sugerido por Li Shantong y Hou Yongzhi, dos miembros
del Centro de Investigaciones del Desarrollo, subordinado al Consejo
de Estado.
Con amplia experiencia en temas monetarios, el ministro de Hacienda
Jin Renqing ya ha prometido cierta reestructuración de las
finanzas públicas de la nación. Las arcas centrales
tienen bastante poder para apoyar la tentativa de tratar los desequilibrios
mientras se continúan financiando descomunales proyectos
públicos como la línea ferroviaria entre Qinghai y
el Tíbet, el gasoducto natural del oeste al este, la línea
energética del oeste al este, y el desvío hidráulico
del sur al norte.
Por su parte, investigadores de la Escuela Central del Partido
afirmaron a Beijing Informa que la reunión del Comité
Central también pondrá sobre el tapete una serie de
reglamentos de procedimiento que impulsen a los dirigentes a informar
sobre su trabajo en intervalos regulares, y otros nuevos reglamentos
para promover la discusión y la toma de decisiones de forma
democrática dentro del PCCh.
Lo cierto es si China acomete con seriedad los siguientes desequilibrios,
todos ellos, a pesar de las señales preocupantes que emiten,
pueden dar lugar a un potencial enorme para generar ulterior crecimiento
económico.
El desequilibrio entre el desarrollo urbano y rural:
La
clave, por supuesto, no está en mejorar de alguna manera
la calidad de la vida rural de China llevándola a un nivel
comparable al de Shanghai o Beijing, o de alguna manera suprimir
las diferencias urbano-rurales.
El método para ayudar a los campesinos a conseguir trabajos
diferentes de los vinculados a las labores agrícolas reside
en abrir industrias en sus vecindarios. Tal medida funcionó
bien en los años 80 y 90. Pero ahora, cuando China se convierte
en suministrador de primera clase para el consumo, y debe esforzarse
por cumplir con la demanda global del mercado, los pequeños
talleres rurales resultan incapaces de generar nuevos empleos.
Cada vez más, los investigadores de políticas ponen
los ojos en la industria de servicios como generadora de nuevos
puestos de trabajo. Pero en las aldeas pequeñas y los distritos
rurales, donde mucha gente todavía obtiene su alimentación
laborando en sus hogares, hay poca demanda de, por ejemplo, la comunicación
de banda ancha con Estados Unidos y Singapur, o servicios de impresión
y distribución de periódicos o semanarios.
La única solución a largo plazo, según el
economista Wang Jian, de la Red de Macroeconomía de China,
depende del desarrollo de las grandes ciudades, donde existen capas
múltiples de demanda de servicios.
Sin embargo, solucionar el problema de la pobreza rural construyendo
ciudades más grandes es una lógica aventurada: ¿Dónde
construir esas ciudades nuevas para acomodar a la mitad de la población
de China que todavía se consideran campesinos? ¿Qué
hacer si las nuevas ciudades no logran generar suficientes nuevos
empleos? ¿Qué clase de trabajos será? ¿Y
si la brecha entre el extremo más alto de la renta urbana
y el extremo inferior de la renta rural continúa creciendo
mientras se construyen las nuevas ciudades?
Más paradójico aún, cuanto más pese
el tema rural en las discusiones de los investigadores de políticas,
menos tiempo tendrán los mismos para estudiar las cuestiones
urbanas. Tendrán que hacer uso de cierto pensamiento dialéctico,
como el antiguo Lao Tsé, el hombre sabio de China, para calcular
cómo se interrelacionan las economías urbana y rural.
El desequilibrio entre las regiones ricas y pobres:
Las regiones ricas suelen ser sobre todo las grandes ciudades costeras
y sus áreas próximas, o las regiones de un nivel más
alto de urbanización.
Existen tres grupos de ciudades cuya importancia crece por momentos.
Uno está en el delta meridional del río de la Perla,
con cerca de 20 ciudades que rodean a Hong Kong, Shenzhen y Guangdong.
El segundo grupo de ciudades está en el delta del río
Yangtsé, con Shanghai como “cabeza de dragón”.
El tercero es una cadena de urbes con conexiones menos definidas,
a lo largo de la bahía de Bohai en el norte de China, incluyendo
a Beijing, Tianjin, Dalian, Qingdao, y otras muchas más pequeñas.
Estos grupos de ciudades generan la mayor porción del desarrollo
económico de China --en cuanto a sus volúmenes de
exportación, así como en el número de consumidores
de la clase media. Pero hay asimismo ciudades que no sirvieron como
locomotoras para el desarrollo empresarial de sus áreas vecinas.
Se ven plagadas de problemas enormes como la obsoleta infraestructura
industrial, o han sido incapaces de dar con forma alguna de transformar
sus simples capacidades de procesamiento en poderío competitivo.
En el cinturón del nordeste de China, por ejemplo, se sufre
la peor tasa de desempleo urbano de la nación. Agotados sus
recursos industriales y su mano de obra profesional, algunas ciudades
están sumidas en un virtual estado de colapso económico.
Para ayudar a estas ciudades pobres se requiere también
aplicar un profundo pensamiento estratégico: por ejemplo,
¿bastará la ayuda financiera del Gobierno Central
para rescatarlas junto a sus trabajadores? ¿Debe el gobierno
ser el único financiero o inversionista en la infraestructura
local? ¿Cómo puede revitalizarse la eficiencia del
mercado local? ¿Qué clase de servicio público
se requiere para hacer más fácil la vida de la empresa
privada?
El desequilibrio entre el desarrollo social y económico:
La frase “desarrollo social” cubre muchos aspectos,
en su mayoría no relacionados con la economía. Los
problemas que con mayor frecuencia desatan las quejas de los ciudadanos
son la creciente brecha entre los ingresos de los ricos y los pobres,
el inútil sistema de asistencia médica, el rígido
sistema educativo, que resulta cada vez más costoso, y la
carencia de protección para los derechos de los ciudadanos
cuando van a buscar trabajo en otras ciudades, especialmente si
emigran de un área agrícola a una ciudad.
El desequilibrio también resulta alarmante entre el enorme
potencial económico y las condiciones naturales deplorables
de muchos lugares --incluidos la sequía y las tormentas de
arena en el norte, las inundaciones y lluvias ácidas en el
sur, y lo peor de todo, el ambiente cada vez más frágil
en los orígenes de algunos de los mayores ríos del
mundo, como por ejemplo el Yangtsé.
Según propone Lu Jianhua, miembro principal del Centro de
Investigaciones sobre el Orden Público de la Academia de
Ciencias Sociales de China, el concepto del desarrollo económico,
que el fallecido líder Deng Xiaoping definió como
tarea central de China, debe ser redefinido. La cuestión
no entraña la simpleza de hablar de “desarrollo económico”,
afirma el sociólogo, sino que se debe definir como el “aumento
de la calidad y los niveles de vida de todos los ciudadanos”.
El desequilibrio entre el servicio público y
el desarrollo económico:
El 22 de agosto, un hombre de 39 años de edad que andaba
en silla de ruedas se prendió fuego en Nanjing. Lo hizo en
protesta por la magra compensación que le otorgó el
gobierno local cuando éste adquirió su casa para erigir
un proyecto de reconstrucción que debía transformar
el vecindario en un “distrito comercial acorde a los nuevos
tiempos”.
El hombre murió porque la cantidad de dinero que el gobierno
local le ofreció, sólo 85.000 yuanes (cerca de $10.000),
no era suficiente para conseguir una casa decente en ningún
sitio de la ciudad.
El bulldozer ni siquiera esperó que el inválido firmara
un papel para el funcionario de reubicación, antes de echar
abajo su casa.
Por desgracia, no se trata de una excepción. Hay más
casos en que los derechos de los ciudadanos se pisotean en pro del
desarrollo económico. El Gobierno Central debe haber recibido
ya miles de cartas con quejas por los términos de la reubicación
ofrecidos por las burocracias locales, que prefieren fungir como
agentes informales de los contratistas antes que demostrar un ápice
de solidaridad hacia los ciudadanos.
Zhou Zhengyi, un magnate inmobiliario de Shanghai que controlaba
cuatro compañías cotizadas en Shanghai y Hong Kong,
fue por mucho tiempo blanco de tales quejas. No era raro que se
apoderara de vastas extensiones de terrenos sin pagar por lo menos
un anticipo, mientras que a los residentes originales apenas conseguían
compensaciones equivalentes a la mitad del valor de una casa nueva.
Pero, como bien se encargó de recordar recientemente a esos
funcionarios de reubicación la revista Business Watch,
en la República Popular se estipula por ley que la transacción
forzada constituye un delito.
Si existe tal ley, debe aplicarse a todos. La tensión entre
una buena ley y la fea cara de la realidad no es materia exclusiva
de un área. Cualquier líder del gobierno con suficiente
valor para dar un paso adelante y hacer frente a esta tensión,
y brindar un servicio público más provechoso y conveniente
a los ciudadanos, se convertirá sin duda en un personaje
de amplia popularidad.
|